El espacio habitable por Fernando Castro Flórez

“Hoy –escribe Ernst Bloch en El principio esperanza- las casas aparecen en muchos sitios como dispuestas para el viaje. A pesar de todos los adornos, o quizá por ello mismo, en ellas se expresa una despedida”. Incluso podríamos pensar que algunas personas, más que vivir en las casas, parece que han acampado en ellas, están en situación provisional o, tal vez, gozan de nómadismo. Lo cierto es que la desinteriorización que preparó el más crudo de los vacíos, el espacio que nos corresponde es clínico y extremadamente frío. Hace ya mucho tiempo que el calor se fue de las cosas, lo único que queda, como resto de las antiguas combustiones, incluso musealmente, es la política de la ceniza. La vivencia moderna del desarraigo aparece, singularmente, tanto en Benjamin como en Heidegger: la experiencia estética se muestra como un extrañamiento que exige una labor de recomposición y readaptación. Ahora bien, esa labor no se propone alcanzar un estadio final de recomposición acabada; la experiencia estética, al contrario, se orienta a mantener vivo el desarraigo . Entre la mudanza y la incomodidad de la casa destartalada hemos aprendido a no tener demasiadas esperanzas . “¿En qué momento –pregunta Paul Auster en La invención de la soledad - una casa deja de ser una casa?¿cuándo las paredes se desmoronan?,¿cuándo se convierte en un montón de escombros?”. Si bien es verdad que una vivienda se transforma, como señaló Alexander Mitscherlich, en un verdadero hogar siempre que lo que me vuelve a llevar a ella no sean sólo las costumbres, sino la continuidad viva de las relaciones con otras personas, la prosecución del sentir y aprender en común ( un interés todavía sincero por la vida ), tampoco podemos perder de vista la idea de que en esa intimidad no dejan de encontrarse elementos inequívocamente negativos.

Justamente cuando el búnker se ha vuelto, militarmente, obsoleto, un vestigio que no es fácil de demoler, nos hemos instalado (mental y existencialmente) en él. La bunkerización es la consecuencia, entre otras cosas, de la televisión planetaria y de la reticulación cibernética. La cripta de la angustia bélica ha sido metamorfoseada en el salón con el altar catódico en el que también pueden sedimentarse los pavorosos trofeos de los viajes, esos souvenirs que revelan, más que nada, la falta de cualquier tipo de experiencia. “ El desierto crece. Lo salvaje –apunta Félix Duque en su Ontotecnología de la vida cotidiana - está ya en el interior. Pero también, y en el mismo respecto, como una contradicción viva, somos sedentarios, porque ya da igual dónde vayamos. Todo va siendo preparado para que en todas partes nos “sintamos en casa”, esto es: desahuciados”. Aunque, frente a un pensamiento catastrófico cabe una acción (creativa) decidida, un talante jovial, como el que encuentro en Deva Sand, que, conociendo el desastre que es nuestro destino, no claudica por ello ni adopta una actitud de mera sumisión frente a lo peor.

La extraordinaria instalación que Deva Sand titula Dentro de ti es una materialización esquemática de una casa, transparente y sutil en la que ha dejado atrás el sentido de lo trágico para reivindicar una pintura expandida. En un texto anterior califica el trabajo de esta creadora como “bricolage melancólico”, recuperando consideraciones de Claude Lévi-Strauss sobre el pensamiento salvaje para dar cuenta del sofisticado arte de mirar lo cotidiano que tiene Deva Sand. En las piezas más recientes tengo la impresión de que aquella melancolía que detectaba en la recomposición de un mundo fragmentario ha dado paso a una formalización más geométrica que lírica sin que pierda, ni mucho menos, su singular y evocador sentido de lo poético. “Una silla, un sofá, son cosas tan vistas –escribía hace tiempo Deva Sand-, tan vividas, que llega un momento en que “no se ven”, que no les prestamos atención. Por eso, cuando yo los rescato y hago algo distinto con ellos, el resultado sorprende, lo cual no deja de ser paradójico e irónico. Eso es lo que busco: subvertir el sentido de la realidad, observar algo tanto que al final no veas nada, que veas más allá del objeto en sí mismo”. En realidad, sus esculturas no nos dejan, afortunadamente, ante una suerte de desertificación nihilista sino que, al contrario, revelan que los objetos y, particularmente, el mobiliario que nos rodea pueden adquirir otro sentido o, para ser más preciso, abandonan el reino de la utilidad para entrar en la escena estética.

Aunque se apropia de lo que existe, Deva Sand deja atrás la inercia fosilizadora del manierismo post-duchampiano y tampoco sucumbe al canto de sirenas de la minimalización. A ella no le basta con presentar un ready-made, al contrario, su pasión es la del reciclaje y no persigue la anestesia del gusto sino provocar en el espectador una ensoñación semejante a la que ella le impulsa. Porque los muebles y, en la serie reciente, de forma especial la cama parece que tuvieran una voluntad lúdica y cobraran vida sin, por ello, sucumbir a la pulsión (actualmente casi hegemónica) de lo unheimlich. Los cabeceros y las patas de esos objetos sobre los que nos entregamos al placer amoroso o al sueño reconfortante, entran en combinaciones formales que tienen algo de “acrobacias” o coreografías. Acaso lo cotidiano está divirtiéndose (revelando cualidades diferentes) en el imaginario de Deva Sand y, en cierta medida, estamos impulsados a intentar contemplar la realidad de forma menos traumática.

“Todo “hogar” –cito de nuevo a Félix Duque- es sentido como tal cuando ya es demasiado tarde: cuando ya se ha perdido. “Hogar” es el lugar de la infancia (de la falta de un lenguaje delimitador y clasificador: dominador), el lugar de los juegos, la prolongación cálida y anchurosa del claustro materno. Y es imposible –y si lo fuera, sería indeseable y decepcionante- volver a él”. Tengo la impresión de no es necesariamente verdadera esta visión de la infancia como un territorio irrecuperable o marcado por una suerte de deseo frustrado de antemano. Las obras de Deva Sand, en las que pintura y escultura funcionan juntas en una disposición híbrida , son un ejemplo luminoso de que es posible mantener la curiosidad viva y también asumir que el arte puede ser un juego fecundo en el que actuamos con el vigor y la inmediatez de un infante.

Deva Sand hace maridajes de los fragmentos de muebles por colores, ensambla lo heterogéneo, disfruta con una geometrización lúdica. Sabe de sobra que el mundo no es un puzzle y que no hay, por parafrasear una novela de Perec, “instrucciones de uso” para manejar las cosas. Sus yuxtaposiciones regalan un sentido mágico de la belleza, en el que lo más elemental, a la manera del arte povera, puede ser el cauce para la experiencia estética de mayor intensidad. Nombra la “sinestesia” porque sus desbordan tanto la idea tradicional de los géneros artísticos cuanto apelan a una sensibilidad también expandida. Puede que Dentro de ti sea una alegoría no solamente de lo que sucede en nuestras casas sino de la intimidad emocional , de todas esas vivencias que Deva Sand alegoriza sin caer en el literalismo atroz. Con su elegancia característica que no excluye la contundencia formal, esta creadora genera un mundo de formas que no son, ni mucho menos, desesperanzadas. Toda su trayectoria escultórica, caracterizada por el rigor y la coherencia, es, como dijera Emmanuel Guigon, “una evocación de la vida misma”, con sus detalles y sus fracturas, capaz tanto de llevarnos al desconcierto cuanto de proponer un espacio habitable.

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