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TRANSPLANTAR UN ARBOL CUANDO AÚN ES SEMILLA
Al abrirse las puertas nos recibe su puerta, la otra herida de la casa-memoria, la boca de la luz, cortina opaca de esa mañana oculta que revoluciona partículas y pensamientos. A su lado, un nido de sombra, conjunto vacío de una intersección invisible. Otras veces es de luz: marañas de energía que se desborda goteando.
De la oscuridad sale un tallo diminuto que va perdiendo la trasparencia de su jugoso entierro. Veo vida trasplantada, materia que cobra vida, raíces que vuelven a sentirse de nuevo en casa.
Reinterpretaciones de todo lo caprichoso, de los mástiles asilados de las camas sexuales, de las flores secas que forran las paredes como piel de bosque otoñal, de lecturas ciegas buscando luz o quizás más sombra, de muebles inclinados sobre el abismo de la inutilidad o quizás apoyados sobre nuestro propio mundo, donde el tiempo hace equilibrio enhebrado en su afilado instante.
Tallos verdes y pulpa húmeda, aún humeante, tras el impacto del rayo. Así se pela un árbol en la tormenta, así la obra, con un latigazo que retira la piel como si fuera un cuerpo extraño que repta sobre el tronco emergido de un suelo intacto. Germen y nutriente: obras impacientes que crecen en los silencios y en las escenográficas paredes recorridas por venas trepadoras que dibujan su particular memento mori.
Y creció tanto la yedra que tiró los muros de la casa-nido. La intemperie sólo soporta la máscara, raíz alada del tiempo que se nos va, que se nos fue. Un tiempo remoto que nos dejó semillas para plantar, para llevar a casa, para dejarlas en la tierra crecer, como ideas que un día podremos trasplantar de la memoria hacia los caminos abiertos de la vida.
Germinaron las canciones, decía Drexler, también tus obras, tienes suerte, Deva. Que no se pare el reloj, ni el de una casa caída, que no pare el corazón así se salga de la vía y que el que lleve que devuelva, como pueda, todo lo que haya digerido. Trasplantar un árbol, lanzar semillas, dejarse empapar mirando, observando lo que dice la alegría. Sembrar todo lo que se daba por perdido.
Pocas veces nos olvidamos de la casa-refugio, pocas veces nos pensamos fuera de la razón-guarida. Ni soledad, ni oscuridad, ni noche fría. Y pocas veces aislados, sin un guía, carcelero o vigía.
Pero al salir a la intemperie de la memoria, qué sentiríamos si el hogar fuera, a nuestra espalda, sólo un trozo de la planta de la historia. Dibújate tu casa, detenida, como antesala del sueño, del que se evapora sobre el calor de los desiertos nocturnos. Desde la escalera se ve el rocío, aún por caer.
El habitar y el iluminar. Mundo mezcla del estar y del ser. Sin sombra no hay luz.
Y también esa galaxia, que en su jaula sigue dormida……
Al sueño le lleve esta canción…
…un cauce perforado en el vacío, una proyección de arena sobre la membrana tibia de la noche.
Iluminados los párpados desde dentro, desde donde viene la luz. Incandescente vaivén de itinerarios invisibles, trazando la silueta de lo común y lo precario.
Y como alimento, las horas. Tiempo consumido como si fuera oxígeno. Memoria exhalada sobre el cristal inmenso de la vida, y de nuevo, el surco que separa las orillas perladas de la verdad, siempre empañada. Escritura revelada, justo en el instante en el que todas las voces amanecen.
Las marañas se repliegan, las paredes pierden peso y todo se conjuga con la presencia, su ausencia y sus retrasos.
Y las costumbres, también escondidas en los gustos. Apetito. Hasta saciarse, tenemos el silencio como alimento, veneno o antídoto.
Todo detenido, como en la imagen póstuma de todo lo desaparecido. Sentarse junto a la cama, metáfora infinita de la casa dentro de la casa. Donde los sueños viven también sus sueños. Y despertar, cuando tierra y agua empiezan a relacionarse. Humo del incendio que vuelve al tronco.
Eterno y escondido. Mis dedos se extienden hacia la noche, hasta rozar la húmeda pupila del espejo ciego.
Es el momento de cubrir el firmamento, con una fina capa, para que no cante, para que yo descanse.
Toño Barreiro
Valencia, marzo de 2008
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